Einstein y otros personajes históricos que amaron la música
Einstein y otros personajes históricos que amaron la música
Cuando pensamos en Albert Einstein, la imagen más habitual es la del físico frente a una pizarra llena de fórmulas. Cuando pensamos en Galileo Galilei, aparecen el telescopio y el cielo. Benjamin Franklin suele llegar acompañado de una cometa y Charles Darwin, del viaje del Beagle. Sin embargo, todos ellos mantuvieron una relación estrecha con la música.
Algunos tocaban un instrumento con verdadera dedicación. Otros compusieron, inventaron nuevos instrumentos o dejaron por escrito hasta qué punto la escucha musical formaba parte de su vida. También hubo escritores y pensadores que encontraron en la música una manera singular de hablar del tiempo, la emoción o la existencia.
No se trata de afirmar que la música explique sus logros, ni de utilizar sus biografías para prometer beneficios extraordinarios. Sus historias dicen algo más sencillo y quizá más importante: la práctica musical puede convivir con cualquier vocación y acompañar a una persona durante toda su vida.
Albert Einstein: pensar y soñar con música

¿Einstein tocaba el violín?
Sí. Albert Einstein comenzó a estudiar violín durante su infancia y continuó tocándolo a lo largo de su vida. No fue un adorno biográfico ni una afición pasajera. Tocaba música de cámara con amigos y encontraba en el instrumento un espacio personal de disfrute.
La prueba más clara está en sus propias palabras. En una entrevista concedida a George Sylvester Viereck y publicada por The Saturday Evening Post en 1929, Einstein explicó que, de no haber sido físico, probablemente habría sido músico. Añadió que a menudo pensaba y soñaba despierto en música, y terminó con una frase especialmente reveladora: «La mayor alegría de mi vida me la da el violín».
Es tentador convertir esta historia en una fórmula sobre música e inteligencia, pero sería simplificarla. Lo verdaderamente interesante es que una de las grandes figuras de la física no vivía la creatividad científica y la sensibilidad musical como mundos enfrentados. Para él, ambas podían habitar en la misma persona.
Galileo Galilei: una familia entre sonidos y proporciones

Mucho antes de observar el cielo con un telescopio, Galileo creció en una casa donde se discutía sobre afinación, intervalos y acústica. Su padre, Vincenzo Galilei, fue laudista, compositor y uno de los teóricos musicales relevantes del Renacimiento tardío. No se limitó a repetir las ideas heredadas: experimentó con cuerdas y tensiones para estudiar las relaciones entre el sonido y la proporción.
La música también formó parte de la educación práctica de Galileo. La investigación histórica sobre Galileo y la música recoge testimonios y correspondencia que lo describen como intérprete de laúd y de instrumentos de teclado. Su hermano Michelagnolo llegó a ejercer profesionalmente como laudista y compositor.
Conviene ser prudentes: no podemos reducir el método científico de Galileo a la influencia de la música. Sí podemos afirmar que creció en un ambiente donde teoría y práctica, número y sonido, se observaban conjuntamente. En aquella casa, una proporción matemática no era solamente una abstracción: también podía escucharse.
Benjamin Franklin: el inventor que creó un instrumento
Benjamin Franklin fue impresor, escritor, diplomático, científico e inventor. También fue músico aficionado y autor de una de las invenciones musicales más sorprendentes del siglo XVIII: la armónica de cristal.

Durante una estancia en Londres escuchó los llamados «vasos musicales», copas afinadas que sonaban al rozar sus bordes con los dedos húmedos. Fascinado por aquel timbre, ideó un mecanismo más versátil: una serie de cuencos de vidrio de diferentes tamaños montados sobre un eje giratorio y accionados mediante un pedal.
Según The Franklin Institute, Franklin completó el instrumento en 1761. Su diseño permitía interpretar melodías y acordes con mayor fluidez, y pronto llamó la atención de compositores como Mozart y Beethoven, que escribieron música para él. El propio Franklin llevaba su armónica de cristal en algunos viajes y la tocaba ante sus invitados.
Franklin escuchó una posibilidad sonora, comprendió el principio físico que la hacía posible y lo convirtió en un instrumento nuevo. La curiosidad científica no sustituyó a la sensibilidad musical: trabajó con ella.
Friedrich Nietzsche: el filósofo que también componía
La frase «Sin música, la vida sería un error» no es una atribución dudosa de internet. Aparece en el aforismo 33 de Crepúsculo de los ídolos, obra que Friedrich Nietzsche escribió en 1888.
La rotundidad de la frase se entiende mejor al conocer su biografía. Nietzsche recibió formación musical, tocaba el piano y compuso varias piezas para voz, piano y conjuntos instrumentales. La calidad de sus composiciones ha sido discutida, pero su dedicación a la música está ampliamente documentada.

También fue intensa y compleja su relación con Richard Wagner. Primero lo admiró y mantuvo con él una estrecha amistad; más adelante se distanció profundamente tanto del compositor como de lo que su música representaba. Para Nietzsche, la música no fue solo entretenimiento: fue experiencia estética, motivo de pensamiento y también territorio de conflicto.
Charles Darwin: el científico que lamentó escuchar menos

Charles Darwin adquirió un gran gusto por la música durante su juventud, aunque reconocía no tener un oído especialmente preciso. En su autobiografía recuerda que organizaba algunos paseos para coincidir con el canto del coro del King’s College de Cambridge y dejarse llevar por aquella experiencia.
Con el paso de los años, absorbido por el trabajo científico, fue perdiendo parte de su interés por la música, la poesía y el arte. Lejos de considerarlo una evolución deseable, lo vivió como una pérdida. Al mirar atrás escribió que, si pudiera volver a vivir, se impondría la costumbre de leer poesía y escuchar música al menos una vez por semana.
No hace falta convertir esta reflexión en una afirmación médica ni neurológica. Darwin estaba hablando de equilibrio personal. Su testimonio resulta cercano porque describe un problema muy actual: podemos llenar nuestra vida de tareas útiles y, sin darnos cuenta, abandonar aquello que nos permite disfrutar, emocionarnos o mirar de otro modo.
Jorge Luis Borges: la música como forma del tiempo
Borges no necesita haber sido instrumentista para formar parte de este recorrido. Su vínculo con la música fue literario y filosófico. En Otro poema de los dones, incluido en El otro, el mismo (1964), escribió uno de los versos más precisos que se han dedicado al fenómeno musical: «Por la música, misteriosa forma del tiempo».

La formulación es importante. Una pintura permanece ante nosotros y una escultura ocupa el espacio; la música, en cambio, solo existe mientras transcurre. Recordamos lo que acaba de sonar y anticipamos lo que puede llegar, pero no podemos detener la obra sin cambiar su naturaleza.
El verso suele circular reducido a «Música, misteriosa forma del tiempo». La idea es suya, pero la redacción exacta incluye la preposición inicial y pertenece a un poema concreto. Conocer la fuente y el contexto no resta belleza a la cita: evita convertir la literatura en una cadena de atribuciones imprecisas.
Condoleezza Rice: del sueño del conservatorio a la diplomacia

Condoleezza Rice es conocida por su carrera académica y política, y por haber sido secretaria de Estado de Estados Unidos. Antes de encaminarse hacia las relaciones internacionales, se formó seriamente como pianista y durante años contempló la posibilidad de dedicarse profesionalmente a la música.
Finalmente cambió de rumbo universitario, pero no abandonó el piano. Ha tocado en público en distintas ocasiones y llegó a interpretar a Schumann junto al violonchelista Yo-Yo Ma. Su caso introduce una idea valiosa: cambiar de profesión no obliga a renunciar a una parte esencial de la propia identidad.
La formación musical puede desembocar en una carrera profesional, pero no tiene que hacerlo para conservar sentido. Puede acompañar otras vocaciones y seguir siendo un lugar de estudio, expresión, encuentro y disfrute durante décadas.
La música no pertenece solamente a los músicos
Estas historias son muy diferentes entre sí. Einstein encontraba alegría en el violín. Galileo creció entre laúdes, proporciones y preguntas. Franklin convirtió un fenómeno acústico en un instrumento. Nietzsche pensó y compuso desde la música. Darwin echó de menos haberle reservado más tiempo. Borges encontró en ella una imagen del tiempo. Rice mantuvo el piano junto a una carrera desarrollada en otro ámbito.
Ninguno de estos ejemplos demuestra que tocar un instrumento garantice determinados resultados intelectuales. Tampoco lo necesita. Su valor está en mostrarnos que la música puede integrarse en vidas muy distintas, sin importar la profesión, la edad o el nivel alcanzado.
En Vento defendemos precisamente esa relación viva con la música. En la infancia puede comenzar a través del juego, la escucha, el movimiento y el descubrimiento. Más adelante puede adoptar una formación instrumental progresiva, abrir la puerta a la música compartida o responder a objetivos académicos concretos. Y en la edad adulta puede ser un comienzo, un regreso o un espacio propio que durante años había quedado pendiente.
Por eso, quizá la mejor edad para acercarse a la música no sea una cifra idéntica para todos. Lo decisivo es encontrar una propuesta adecuada al momento, los intereses y la manera de aprender de cada persona. Si este tema te interesa, puedes leer también cuál es la mejor edad para empezar a estudiar música.
La música puede ser una profesión, pero también una compañera para toda la vida.
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Preguntas frecuentes
¿Einstein tocaba el violín?
Sí. Comenzó a estudiarlo durante la infancia y continuó tocándolo durante gran parte de su vida. En una entrevista de 1929 afirmó que una de sus mayores alegrías procedía del violín.
¿Qué instrumento tocaba Galileo Galilei?
Las fuentes históricas lo relacionan principalmente con el laúd y también con instrumentos de teclado. Su padre, Vincenzo Galilei, fue laudista, compositor y teórico musical.
¿Quién inventó la armónica de cristal?
Benjamin Franklin completó su armónica de cristal en 1761. El instrumento utilizaba cuencos de vidrio afinados, montados sobre un eje que giraba mediante un pedal.
¿Nietzsche fue compositor?
Sí. Además de tocar el piano, escribió obras para voz, piano y conjuntos instrumentales. Su música no alcanzó la relevancia de su filosofía, pero formó parte importante de su vida.
¿Es de Borges la frase «Música, misteriosa forma del tiempo»?
La idea sí es de Borges, aunque el verso exacto es «Por la música, misteriosa forma del tiempo». Aparece en Otro poema de los dones, publicado en El otro, el mismo en 1964.
Las citas originalmente escritas o pronunciadas en inglés se ofrecen en traducción propia al español. Los enlaces remiten a las fuentes originales.



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