Clases de trombónHoy os contaré cómo surgió el germen que dio lugar a mi pasión por la música y que a día de hoy me ha llevado a fundar la Escuela de Música de Granada Vento.

Hace ya 26 años y parece que fue ayer.  Iba por la calle cogido de la mano de mi abuela y justo cuando llegábamos a la avenida del pueblo, nos cruzamos con mi prima Margarita. Me llamó la atención que llevara una carpeta. A esas horas de la tarde el colegio había acabado hacía rato. Nunca olvidaré su respuesta a mi pregunta de a dónde iba: “a solfeo”. Nunca había escuchado la palabra “solfeo”. A día de hoy mi abuela cuenta que mi respuesta la sorprendió tanto que no daba crédito. Le dije de forma tajante –“Quiero ir a solfeo también”.

En este punto y viendo mi trayectoria en el mundo de la música uno pensaría que lo mío con la música fue un flechazo instantáneo. Nada más alejado de la realidad. Estoy plenamente convencido de que mi decisión de apuntarme a “solfeo” no estuvo de forma alguna inspirada en un amor a primera vista, sino más bien  en un acto desesperado por huir de karate. Las clases de dicho arte marcial se habían convertido en un momento de angustia. Un niño, que hoy en día es un buen amigo, la había tomado conmigo. No de malas maneras en plan matón. Simplemente le gustaba ponerse como pareja mía en las prácticas puesto que era mucho más grande que yo y le resultaba fácil tumbarme.

Tengo lagunas en cuanto al proceso de desapuntarme de karate, pero recuerdo perfectamente la primera vez que di una clase de música.

Esta vez me acompañó mi abuelo al edificio de la antigua escuela del pueblo. La escuela de música utilizaba las instalaciones que había cedido el ayuntamiento. Era un edificio de color blanco de una sola planta. Todavía recuerdo el olor a lejía que emanaba de los lavabos a esas horas de la tarde, que era justo cuando las limpiadoras estaban acabando su turno. Una enorme morera flanqueaba el edificio. Al entrar en aquella sala un señor de aspecto afable me estaba esperando con una enorme sonrisa. Me saludó con un apretón de manos digno de hombres y me pidió que me sentara en una silla que había preparado para la ocasión. Me sorprendió ver un extraño artilugio metálico que sostenía un papel con  símbolos escritos en él. Ese artilugio resultó ser un atril y lo que sostenía era la primera lección de música que he dado en mi vida.

A penas recuerdo como fue la clase, sólo recuerdo que ese señor tan amable me explicó lo que era un pentagrama y dónde y por qué se escribían las notas de la escala. Luego pasó a una serie de preguntas para ver si había entendido lo que me había explicado. A continuación, señalaba con su dedo peludo algunas de las notas del pentagrama para comprobar si era capaz de identificarlas. Por último, empezó a pulsar las teclas de un pequeño órgano que tenía encima de una mesa y me pidió que cantara la misma nota que él tocaba.

Lo siguiente que recuerdo fue salir de aquella sala con un papelito en la mano que aquél señor tan extremadamente simpático había escrito. No pude leer lo que contenía puesto que todavía no dominaba el arte de la interpretación lingüística. Al entrar en casa de mis abuelos y entregarle el papel a mi madre, una mueca de orgullo llenó su rostro. Creo recordar que el papel decía que tenía muchas cualidades y también el título del libro de música (que todavía hoy conservo) que debía comprar.

En este punto cualquier persona también pensaría que a partir de aquí todo fue un camino de rosas y un enamoramiento incondicional por mi parte hacia la música. Nada más alejado de la realidad. Pocas semanas después de haber empezado en esto de la música una nueva idea cruzó mi cabeza. Hablando con un amigo a la salida del colegio me contó que se iba a jugar con su pelota nueva y unos amigos a un descampado. La idea me resultó más que atractiva. En ese momento recordé que esa misma tarde tenía mi clase de música. Empecé a pensar en la excusa que le iba a contar a mi madre al llegar a casa para librarme de la clase.

Lo primero que se me ocurrió fue decirle que me aburría en solfeo y que no me apetecía ir más. Con lo bien que me conoce mi madre, enseguida supo que había algo más. No le hizo falta presionar mucho para averiguar mis verdaderas intenciones. Con mucha calma, hizo un trato conmigo. Sus palabras fueron más o menos estas. “Cariño, ya te hemos quitado de karate y sólo llevabas un mes. Ahora quieres quitarte de música. Vamos a hacer un trato. Vas a acabar el curso, que te va a pasar volando, y si al acabar te sigue sin gustar no te llevaré más. Prometido”

Con el tiempo he podido descubrir y valorar lo trascendental de aquél instante. Lo que mi madre hizo no lo hizo por su propio interés de que hiciera música. Lo hizo porque se dio cuenta de que si no llegaba a pasar un breve periodo de adaptación nunca sabría si algo me gustaba de verdad. De forma subliminal me estaba diciendo que el valor del compromiso y la implicación eran mucho más importantes que los placeres instantáneos. Sabía que me llevarían mucho más lejos. Me dio la oportunidad de conocer el mundo bajo mi propia experiencia. Me enseñó a escoger después de conocer.

No trato de insinuar que quien permanezca hasta final de curso en una escuela de música, academia o conservatorio vaya a convertirse en un profesional de la música. Sólo digo, que para saber si algo te gusta de verdad hay que darle una oportunidad. Una oportunidad de verdad y dejarse llevar.

Con esta premisa, tarde o temprano, quizás encuentres aquello que realmente te apasiona.

 

Rubén Pérez Cardona

Director y fundador de la Escuela de Música Vento de Granada

 

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